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La práctica psicoanalítica con adolescentes nos confronta a diario con una amplia gama de manifestaciones inquietantes. Los trastornos del comportamiento y la problemática de las dependencias, en permanente aumento dentro de la población adolescente, ponen en cuestión la constitución narcisista y en consecuencia la capacidad de representación, de fantasmatización y de investidura objetal. Estas capacidades hunden sus raíces en la calidad del funcionamiento autoerótico.
La calidad del autoerotismo infantil marcará destinos muy diferentes en la adolescencia, dependiendo de su dimensión exclusiva de placer de órgano y de satisfacción de las pulsiones parciales, o de su dimensión de placer de funcionamiento que incluye al objeto de deseo como objeto interno. Para entender estos destinos es necesario plantearse, aunque sea brevemente, los orígenes del autoerotismo, el papel del objeto en su constitución, y su función estructurante o su fracaso como organizador de la sexualidad infantil.
En este objetivo, es obligado partir de la perspectiva desarrollada por Freud en Tres ensayos (1905), en la que confiere a la sexualidad infantil la cualidad de autoerótica, que implica la no necesidad de un objeto exterior para experimentar placer y la posibilidad de obtención del mismo en el propio cuerpo. Freud comienza identificando el autoerotismo como «placer de órgano», o como satisfacción de una zona erógena, vinculada a la satisfacción de la pulsión parcial, que busca la excitación y la descarga. Esta dimensión restringida del autoerotismo en la obra freudiana podría corresponder a lo que J y E. Kestemberg (1972) identifican como primera fase del autoerotismo, en la que las sensaciones endógenas y exógenas aparecen como indistintas y las tensiones y las descargas se suceden. En este mismo sentido, C. y S. Botella (2003) hablan de un autoerotismo primario en el que se sobreinviste la descarga hasta el agotamiento. Este autoerotismo primario no está conectado con una actividad objeta