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La situación del niño con un bagaje inicial instintivo casi similar, va a tener un porvenir diferente en dependencia de la calidad de los autoerotismos, que indican la forma en que se estructura la relación del Yo con el objeto. ¿Pero de qué Yo hablamos, y de qué tipo de objeto? Los pacientes adolescentes gravemente perturbados siempre nos llevan a plantearnos estos interrogantes.
El desarrollo evolutivo del niño tiene en cuenta la formula progresión-regresión del Yo. Regresión hacia los primeros placeres de un Yo constituyéndose, o bien progresión gracias a satisfacciones alucinatorias suficientes cuya dimensión fantasmática, como señala María Hernández en su trabajo, permite mantener el vínculo con el objeto a pesar de haber sido abandonado como fuente de placer.
La vertiente alucinatoria lleva al fantasma, mientras que la vertiente regresiva lleva al autoerotismo. Ahora bien, mientras que las fantasías visuales son accesibles a elaboración posterior, «las fantasías en el cuerpo» no lo son, y permanecen encerradas en un circuito de cuerpo-mente-cuerpo de carácter primitivo (Gaddini, 1982) configurando la patología psicosomática. Por otro lado, aunque «las técnicas autoeróticas son conductas humanas que evitan la aparición de la objetividad del objeto» (Gillibert, 1977), permiten que el niño no dependa tanto del mundo exterior.
En el estudio de los autoerotismos en el primer año de vida Spitz (1949) observó tres manifestaciones autoeróticas (rocking, juegos genitales y juegos fecales) en los niños en el primer año de vida y encontró distintos grados de relación con el objeto; la naturaleza de esta relación era determinante en la actividad autoerótica elegida: