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Las dos veces que, como Presidente, me he dirigido a la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) en el Congreso de Montreal en 1987 y en el de Roma de 1989 (Wallerstein, , ), me centré en el tema del pluralismo teórico que reina entre nosotros, porque lo considero un tema de interés psicoanalítico, importante y controvertido; y me referí a de qué modo, ante tal diversidad, podríamos tratar de encontrar un terreno común (common ground) que nos defina a todos como seguidores de una disciplina psicoanalítica compartida.
Esencialmente mi tesis fue que Freud luchó apasionadamente a lo largo de toda su vida profesional por mantener el psicoanálisis —cuya creación había sido debida casi exclusivamente a él— como una estructura teórica coherente y unificada, como profesión y como «movimiento». Y los que mostraron diferencias desde el punto de vista teórico, como Stekel, Adler, Jung, Rank y, casi, Ferenczi, fueron expulsados de las filas psicoanalíticas organizadas. Es decir, de la categoría de Miembros de la IPA, creada ya en 1910, en el segundo Congreso Internacional, en Nuremberg.
Sin embargo, incluso durante la vida de Freud, esta visión unitaria no fue continua, empezando por el surgimiento, en los años veinte, de la otra metapsicología, la kleiniana, que siempre ha luchado enérgicamente por mantenerse dentro de la estructura orgánica del psicoanálisis organizado (la IPA), reivindicando ser una mejor y más genuina portadora del legado de Freud (con su adhesión incondicional a la teoría de la pulsión de muerte, lo que sus propios seguidores de Viena habían encontrado tan problemático que unos no lo habían tenido en cuenta y otros lo habían rechazado) que algunos de los