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Cuando Robert S. Wallerstein, durante su presidencia de la Asociación Psicoanalítica Internacional, se pronunció por dos veces sobre la existencia de un terreno común en psicoanálisis, más allá de las numerosas señales de divergencias cuya importancia se estaba volviendo inquietante y preocupante para el porvenir del psicoanálisis, quería hacer nacer un rayo de esperanza en un cielo gris. Pienso que estas circunstancias no son casuales y no veo quién, aparte del presidente de la IPA, habría podido tener tal idea y estar animado de parecidas intenciones. Hoy día, pienso que se trataba y que se sigue tratando de un acto político. Y no querría, en modo alguno, dar un sentido peyorativo a este término. En mi opinión, está completamente, dentro de las atribuciones de un Presidente, el buscar la unidad que aglutine a los miembros de su asociación entre sí, más allá de las diferencias geográficas e ideológicas. Lo mismo que un buen padre de familia trata de disminuir las diferencias de opinión entre sus hijos, cuando cada uno de ellos ha elegido opciones políticas opuestas, a veces contradictorias e, incluso, incompatibles, Robert S. Wallerstein cumplía con una tarea cargada de buena voluntad para infundirnos el valor de afrontar los tiempos difíciles que podíamos presagiar ya, para el psicoanálisis.
Nos cuenta en su contribución más reciente, con su honestidad habitual, la historia de los movimientos que se han ido imponiendo, sucesivamente, en una u otra parte del mundo psicoanalítico, en vida de Freud y después de su muerte. De todos modos, yo voy a hacer algunas observaciones sobre el tema. Las escisiones y las exclusiones que tuvieron lugar en tiempos de Freud fueron diferentes. Él se sentía en posición de juzgar lo que era o no, psicoanalíticamente