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La ciencia no es un linfático ornamento, ni es mero ajedrez, ni es inercia de noria: es la vida misma haciéndose cargo de sí misma. Es, a la vez, la transparencia de la idea y el estremecimiento de la víscera.
La ingeniosa y brillante afirmación de Ferenczi (Ferenczi, 1919) que consideraba que «el psicoanalista debe comportarse como Epaminondas del que Cornelio Nepote aseguraba que “nec joco quidem mentiretur”»,1 introduce uno de los pilares teóricos y éticos sobre los que se construye el edificio teórico del psicoanálisis.
El mismo Freud (Freud, 1937), años después de la muerte de Ferenczi, aseguraba que «la relación analítica se funda en el amor por la verdad y no tolera ni ficciones ni engaños» y con mayor contundencia aún en una carta a J. Putnam afirmaba que «el gran aspecto ético del trabajo psicoanalítico es la verdad y siempre la verdad». Del mismo modo, analistas posteriores como Yankelovich y Barrett (1969), Meltzer (1967) o Bion (1970), han considerado también que lo nuclear del análisis y la finalidad misma del movimiento psicoanalítico radican en un compromiso incuestionable con la búsqueda de la verdad, o si se prefiere de la verdad psíquica, puesto que esta expresión, de acuerdo con A. Pérez Sánchez (Pérez Sánchez, 2001), «especifica el ámbito propio del psicoanálisis, es decir, el reconocimiento de la realidad psíquica del individuo».