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Desde el principio, el psicoanálisis explicó los fenómenos psicopatológicos por la existencia de una defensa. El estrechamiento de la conciencia, de tipo fisiológico, planteado por Janet, fue cuestionado por Freud, para quien la pérdida de conciencia estaba determinada por una defensa, la represión.
En los Estudios sobre la histeria sostiene que la defensa interviene para resolver un conflicto psíquico suscitado por una representación inconciliable con el yo, que se introduce en él a partir de una vivencia traumática de índole sexual. El mecanismo de la represión aparta a la representación de la conciencia, dando lugar a la formación de un grupo psíquico separado, verdadero cuerpo extraño interno, que actúa como agente provocador y como causa patógena permanente. Freud no tardará en descubrir el Edipo y el papel de la fantasía, y a partir de ahí lo inconciliable con el yo más que una vivencia traumática será el deseo.
Si la represión consiste en la expulsión de determinada representación del conjunto de representaciones preconscientes, el levantamiento de la represión se producirá por una operación asociativa, ese decir, por el restablecimiento de los vínculos entre las representaciones a través de una actividad psíquica en la que interviene el pensamiento. Es una operación subjetivante de simbolización y de elaboración psíquica, afín con el método analítico y con la función de la interpretación.
En un principio Freud plantea que las defensas actúan frente a las excitaciones internas, mientras que frente a las provenientes del exterior intervienen funciones protectoras que son anteriores a las defensas propiamente dichas. Desde el Proyecto de psicología, basándose en un modelo psicofisiológico, concibe la existencia de aparatos protectores respecto de las excitaciones externas, que en Más allá del principio de placer van a tomar el sentido de una protección antitraumática, constituyendo una barrera frente a las excitaciones