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La destrucción de las palabras es algo de gran hermosura. Por supuesto, las principales víctimas son los verbos y los adjetivos, pero también hay centenares de nombres de los que puede uno prescindir. No se trata sólo de los sinónimos. También los antónimos. En realidad ¿qué justificación tiene el empleo de una palabra sólo porque sea lo contrario de otra? Toda palabra contiene en sí misma su contraria. Por ejemplo, tenemos «bueno». Si tienes una palabra como «bueno» ¿qué necesidad hay de la contraria, «malo»? Nobueno sirve exactamente igual, mejor todavía, porque es la palabra exactamente contraria a «bueno» y la otra no.
La filósofa francesa Nicole Loraux (1989) citaba estos párrafos al analizar la lógica con la que operaba el pensamiento androcéntrico griego, que ilustraba con la palabra anandros. Anandros sería traducible como «inmacho», «porque ese término, eminentemente ideológico, reenvía a un sistema de pensamiento donde, fuera del clan del orador —asimilado al lugar de producción de la andreia (virilidad)— no hay más que no-hombres». Un «sistema de pensamiento» que, como es fácil advertir, sigue vivo y omnipresente en la actualidad.
Su imperio es muy observable en fenómenos sociales de todos los tiempos que tienen una misma raíz,1 como son el colonialismo, los variados integrismos, los nacionalismos, la xenofobia, todos girando en torno a un sistema de pensamiento que niega entidad humana al otro, al diferente, al que no pertenece al grupo, a la etnia, a la nación o al sistema político que sirva de