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Algunos autores escriben lo que piensan; otros piensan lo que escriben. Estos últimos parecen construir su pensamiento en el mismo acto de escribir, como si los pensamientos surgieran de poner juntos la pluma y el papel. La obra se va desplegando por sorpresa, según van escribiendo. Freud, en muchos de sus más importantes libros y artículos, incluyendo Duelo y melancolía (1917a), fue un escritor que perteneció a este último tipo. En sus escritos no intentó ocultar los pasos que iba dando: sus comienzos equivocados, sus dudas, sus cambios de pensamiento (con frecuencia, a mitad de la frase), su abandono de las ideas que le habían parecido más convincentes, si luego le resultaban demasiado especulativas o carentes de bases clínicas sólidas.
El legado que Freud dejó no ha sido, simplemente, un conjunto de ideas sino algo tan importante e inseparable de tales ideas como es un camino nuevo para pensar sobre la experiencia humana y que ha dado lugar a nada menos que una forma nueva de la subjetividad humana. Desde este punto de vista, todos sus escritos psicoanalíticos son, al mismo tiempo, una explicación de un conjunto de conceptos y una demostración de un nuevo modo de pensar y de conocernos a nosotros mismos.
He querido estudiar atentamente Duelo y melancolía por dos razones: primero, porque considero que este trabajo es una de las contribuciones más importantes de Freud, al desarrollar en él, por primera vez y de modo sistemático, una línea de pensamiento que más tarde sería denominada Teoría de las relaciones objetales (Fairbairn, 1952).1 Esta línea de pensamiento ha jugado