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El concepto de objeto en psicoanálisis es de una gran riqueza. Ya en la obra freudiana la palabra objeckt tiene una multiplicidad de sentidos.
Si bien es cierto que algunos desarrollos postfreudianos, en su afán por alcanzar una concepción unificada del objeto, han empobrecido la experiencia de la que el concepto intenta dar cuenta, en el psicoanálisis contemporáneo se ha producido una revalorización del objeto. En este sentido me voy a permitir evocar un recuerdo personal; hace bastantes años viví una experiencia profesional que me impresionó: yo trabajaba entonces en una Escuela Infantil y comprobé con mis propios ojos la transformación que se producía en los niños y las niñas de tres años gracias al trabajo de una maestra talentosa. Los niños y las niñas, «cada uno de su padre y de su madre», hacían su debut escolar, unos muy activos, otros inhibidos, unas gritando, llorando otras, en una atmósfera bastante caótica, y esa profesora a través del juego, de la música y de la palabra, era capaz de ejercer una función que hacía posible la comunicación y el trabajo. Para ello no necesitaba recurrir a una actitud superyoica autoritaria. Considero que se trataba de la importancia capital de la función encuadrante del objeto, en tanto permitía crear un espacio que favorecía el desarrollo psíquico, además de un campo de aprendizaje.
La clínica contemporánea nos coloca ante situaciones en las que no podemos obviar el papel del objeto; esta clínica ha supuesto, de algún modo, como una retirada de las aguas que deja ver en la arena los restos de objetos con historia.
Voy a tratar de rescatar los sentidos principales del concepto de objeto, incluyéndolos en una configuración dinámica, puesto que me importa no