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The past is a foreign country: they do things differently there.*
Una característica que tienen en común todos los pacientes es el considerable esfuerzo psíquico que aplican a la tarea de desconocerse. Dependiendo de la patología y su gravedad estos esfuerzos se manifestarán en la instalación de estructuras y mecanismos de defensa de variada radicalidad. Desde los histrionismos y ambivalencias más neuróticos, pasando por los apetitos fogosos de la perversión, los yermos desolados de los operatorios, hasta llegar a la fragmentación de la psicosis, el fin último es protegerse de una realidad emocional dolorosa; los medios para evitarla dependen de la capacidad de sufrimiento del aparato psíquico en cuestión.
Una manera de formular un objetivo del análisis —lo cual, entiendo, depende de la integración que cada uno haga de su análisis personal, las supervisiones del trabajo clínico y del ingente cuerpo bibliográfico— es el establecimiento de un firme contacto con la vida interna como un dominio de experiencia con tanta vigencia y realidad como la realidad externa. La sonada máxima socrática «Conócete a ti mismo», que S. Freud hizo suya, alienta a descubrir el mundo ignoto en el que también vivimos y que yace detrás, dentro y a través de todo lo aparente.
Sin el menor ánimo de exhaustividad, quisiera plantear una síntesis entre las aportaciones de algunos autores respecto a la asunción de la vida interna, y el trabajo analítico con dos pacientes adultos, quienes, aunque sean de formas muy diferentes, coinciden en su empeño de deshacerse de la vivencia emocional y real de sus mundos internos hasta tal punto que puede dar la impresión de que su máxima aspiración sería poder convertirse en seres planos como los que describió la psicosomática; uno me dice que quisiera poder no tener ninguna