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A Tomás Aguilar
Existe un amplio consenso en admitir que la violencia en la adolescencia es un enorme problema en la sociedad occidental actual. La violencia es uno de los muchos síntomas de la turbulencia y/o perturbación adolescente, pero es quizá el síntoma que junto con las drogas —de las que con frecuencia se alimenta y que constituyen un problema en sí mismas— provoca las reacciones más intensas de miedo, hostilidad y castigo, o de escisión y negación en la sociedad como un todo, formándose con frecuencia círculos viciosos de violencia y contra-violencia difíciles de transformar.
Muchos son los vértices psicoanalíticos desde los que podemos abordar la violencia adolescente: el vértice familiar, el grupal, el social, con su vertiente política, económica y cultural. Todos estos múltiples sistemas afectan, favoreciendo, impidiendo, modificando la expresión de la violencia. Pero yo he tratado de poner el foco principalmente en el mundo interno del adolescente y sus relaciones objetales, ayudándome para alumbrar el terreno de las luces de la teoría de Melanie Klein y sus desarrollos.
La adolescencia es un período vital de intensas renegociaciones. Por momentos parece que lo que está en juego es la renegociación misma de los instintos de vida y de muerte y sus avatares, sus encuentros y desencuentros. El instinto de muerte manifestándose activamente por conductas destructivas y autodestructivas, por la envidia, el odio, la voracidad, y el instinto de vida asociado con la construcción, el amor, la confianza, la generosidad, con el potencial de derrumbe y/o crecimiento y creatividad que entraña este conflicto en la adolescencia.