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Es difícil abordar la complejidad del acto suicida y todas las cuestiones que nos plantea, tanto desde la teoría como desde la técnica. Un conjunto de factores intrapsíquicos, familiares y sociales, conjugan sus fuerzas y el acto suicida emerge, como la punta de un iceberg.
La cifra de adolescentes que acaban con su vida, reflejo del aumento de la tendencia suicida en la adolescencia, es cada vez más escalofriante. Y en la práctica clínica, el número de adolescentes cada vez más elevado en riesgo de atentar contra su vida, el carácter enigmático del impulso suicida a pesar de nuestro intento desde el psicoanálisis por comprenderlo, y las intensas vivencias contratransferenciales que nos suscita, añaden nuevos desafíos al ya difícil trabajo con adolescentes.
Carácter enigmático, porque no encaja en ninguna organización mental patológica y tampoco puede ser justificado por las fuerzas depresivas que caracterizan este período. La realidad psíquica de estos adolescentes parece funcionar en dos planos diferentes; así, a una organización generalmente neurótica, como lo apoya el interesante estudio clínico-estadístico de Jeammet y Birot (1999), subyace una problemática más arcaica, de naturaleza fundamentalmente narcisista, que suscita un sufrimiento psíquico intolerable e insoportable. Cuando este sufrimiento no puede ser expresado por la palabra, necesita ser gritado mediante el paso al acto contra el cuerpo, en un movimiento súbito, repentino, como por sorpresa, expresión del derrumbamiento psíquico.
La referencia a esta problemática narcisista arranca ya desde Freud, que, en el Manuscrito N (1987), vincula el suicidio a la melancolía. Años después, en 1910, en un apasionado debate sobre «Contribución a la comprensión psicoanalítica del suicidio», en las reuniones del 20 y 26 de abril, Freud reprocha