You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
El amor es la preocupación universal. Esta preocupació se ha visto acentuada debido a los cambios que han venido produciéndose en el amor y sus formas de manifestarse a partir del último tercio del siglo pasado. El amor cambia con los tiempos, pues es tributario de un discurso y de imágenes circulantes en las sociedades que dan definiciones del mismo y que poseen un estilo particular en cada época.
Antiguamente, el amor entre los cónyuges no era considerado algo importante, pues la finalidad principal era la de procrear y trasmitir los bienes familiares. El ideal romántico, que valora el amor de la pareja sobre todas las cosas, surge en el siglo XIX.
La tendencia que caracteriza a las relaciones amorosas de los tiempos que corren parece ser la de evitar la dependencia de los objetos de amor. En un libro publicado recientemente, titulado Amor líquido, Zygmunt Bauman afirma que en la actualidad los jóvenes sueñan con una felicidad sin ataduras, por lo que prefieren un amor light y que no dure demasiado tiempo. La fragilidad del compromiso es una garantía contra consecuencias indeseables. Huyen también —dice— de la incertidumbre inherente a todo vínculo amoroso, que es evitada con las «camas de una noche» y otros encuentros ocasionales y de corta duración.
Este amor líquido, que protege de los riesgos del amor, da lugar a relaciones fugaces que se desvanecen sin dejar rastro, y termina generando la penosa sensación de haber dejado escapar posibilidades vitales y una felicidad desconocida. Es el duelo por las oportunidades desperdiciadas.
Bauman es pesimista —aunque no pierda la esperanza— pues piensa que, por el momento, las perspectivas de la «modernidad líquida», del cambio y el movimiento perpetuos, son sombrías. Sin embargo, cuando destaca la necesidad de desterrar la incertidumbre de las relaciones amorosas, se está