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El 5 de marzo pasado falleció en París Mme. Janine Chasseguet-Smirgel, muy vinculada a nuestra Asociación. En homenaje a su recuerdo el Comité de Redacción ha solicitado permiso para publicar en castellano este artículo suyo publicado originalmente en la Revue Française de Psychanalyse. Tome XXXIII, N.° 1, 1969.
Al final del jardín del Emperador de la China se extendía un maravilloso bosque con altos árboles y lagos profundos. El bosque descendía hasta el mar y las grandes naves podían penetrar bajo las ramas. Es esas ramas habitaba un ruiseñor cuyo canto exquisito deleitaba a un pobre pescador. Muy pronto, la fama del ruiseñor se extendió. De todos los países del mundo acudían viajeros para admirar la ciudad, el palacio y el jardín del Emperador. Pero todos se marchaban convencidos de que el ruiseñor era algo superior a todas las demás maravillas imperiales. El Emperador tuvo noticias de la existencia del ruiseñor a través de los libros que muchos viajeros entusiastas le habían dedicado. Llamó a su gran chambelán, «un hombre tan distinguido que si alguien de una categoría inferior a la suya se atrevía a dirigirle la palabra o a hacerle una pregunta, respondía tan sólo “P”, que significa “nada”» y le mandó que trajera al ruiseñor a la corte, o si no todos los cortesanos serían golpeados en el vientre después de cenar. La única que conocía el paradero del ruiseñor era una pobre chica de las cocinas de palacio. Se prestó a servir de guía al chambelán y le llevó hasta el ruiseñor. El chambelán se sintió muy decepcionado al ver a un