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¿Podemos interpretar la violencia que aparece en la cultura y entre las culturas diferentes, cuya expresión más dramática sería la guerra, como una manifestación de la pulsión de muerte? En la clínica apreciamos el ataque del individuo a todo aquello que le vincula con su realidad externa e interna y, por lo tanto, al pensamiento, consecuencia de un odio a la conciencia, conocimiento, del dolor de vivir. ¿Pero acaso no puede ser a través de la masa, grupo, su cultura, como la pulsión de muerte busque una forma de poder descargar su afán de destrucción?
En mi reflexión dejaré abiertas las preguntas sobre la pulsión de muerte pero me acercaré al momento en el que vivimos para pensar en las manifestaciones destructivas que acompañan al hombre de hoy.
, en El malestar en la cultura, comenta lo siguiente: «… el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si y hasta que punto el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y autodestrucción».
En, El porvenir de una ilusión , Freud aporta una visión optimista porque imagina que la ciencia en su desarrollo y progreso rija y defina a la civilización y todo estará sometido a la racionalidad que define la empresa científica.
Y es innegable el desarrollo cultural del ser humano, de su capacidad creativa, de la conquista de recursos para pensar los problemas de la vida y de crear una cultura para la paz.
Pero, a la vez, demuestra tener una gran capacidad destructiva. Tenemos muy presente la amenaza de una guerra nuclear y de destrucción masiva. Y cada vez resulta más difícil pensar en términos de una guerra justa y controlada (la idea que se nos ha querido vender de una guerra limpia para ver en televisión o la de daños colaterales para justificar actos de barbarie militar me parece de una refinada hipocresía).
Pero, es que además, existe una cultura para la guerra, una exaltación de la guerra como un valor, como podemos apreciar en el fasci