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Voy a volver a incidir en algo que comenté ayer y que hoy he vuelto a pensar escuchando los comentarios de los grupos de trabajo.
Me preocupa que los analistas quedemos atrapados en la nostalgia por el tiempo pasado de la modernidad que nos deje paralizados sin poder pensar científicamente el presente y soñar el futuro. Una nostalgia que nos lleve a pensar que todo tiempo pasado fue mejor y nos haga definir el espacio cultural contemporáneo en negativo, es decir por lo que le falta del paradigma de la modernidad, realidad considerada fallida porque no es idéntica a lo anterior.
Recuerdo que, hace ya muchos años, cuando mi abuela vió por primera vez a los melenudos Beatles pronosticó angustiadamente que vendría el fin del mundo. Y todos sabemos las modificaciones positivas en los intercambios culturales que trajeron dichos tiempos.
De ahí que, procesar el presente con supuestos inadecuados, nos lleve por el peligroso camino de significar la realidad anacrónicamente, posicionándonos como observadores de conductas de los sujetos postmodernos en vez de escuchar analíticamente lo invisible y las nuevas modalidades de gestar significación.
Últimamente se habla de crisis del psicoanálisis pero creo que se trata de crisis de los analistas, que no podemos luchar contra la esclerosis de nuestro Yo, lo que nos conduce por el peligroso derrotero del discurso ideológico apocalíptico.
Y lo peligroso para el progreso de nuestra disciplina es que nos posicionemos frente al hecho cultural contemporáneo como una vanguardia de sabios que, supuestamente, sabe cómo debería ser el mundo en vez de observarlo y teorizarlo, tal y como se nos presenta al escuchar analíticamente a nuestros analizandos.
Posicionamiento que nos puede alinear con lo más retrógrado del discurso normativo-religioso contemporáneo, del tipo que sea, que no es el sitio donde tradicionalmente ha estado el psicoanálisis; recordemos que el pensamiento