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Estoy de acuerdo con Sabin Aduriz cuando ha dicho que la pulsión de muerte es una fuerza demoníaca que es la esencia misma de la pulsión. Yo pienso también que la pulsión de muerte no es un principio abstracto o un mero argumento, sino que es una excitación indomeñable que se experimenta en el cuerpo e impulsa a la acción sin tener en cuenta sus razones y sus consecuencias.
Es cierto que no hay ningún comportamiento que sea una expresión directa de la pulsión de muerte, del mismo modo que no hay ningún fenómeno clínico que sea una manifestación directa del inconsciente. Freud debió recordar a sus colegas que el sueño no es el inconsciente, que es una de las formaciones del inconsciente pero que no es el inconsciente mismo.
Al hablar de pulsión de muerte puede ser esclarecedor tener presente la diferencia entre goce y placer. Los analistas lacanianos emplean el término para referirse a los desenfrenos que desbordan el principio de placer, que es el que puede poner un límite al goce. Goce y placer son fenómenos de órdenes distintos: el placer es del yo, el goce es del inconsciente y es experimentado dolorosamente como síntoma.
Freud no marcó la diferencia entre goce y placer. Sin embargo, llevado tal vez por su extraordinaria intuición, las pocas veces que empleó esa palabra lo hizo con total pertinencia. Así, por ejemplo, en Duelo y melancolía dice que el melancólico goza; no dice que siente placer. El goce lo procuran los vínculos pasionales que, al decir de Freud, «tienen la fuerza de suprimir las represiones y de restablecer las perversiones», y que al estar más allá del amor y del placer culminan en un abandono a la muerte.
En el capítulo II de El malestar en la cultura podemos leer que cuando gobiernan las instancias psíquicas más elevadas, que se han sometido al principio de realidad, la insatisfacción de las pulsiones sometidas no se sentirá tan dolorosa como la de las no inhibidas. A cambio de ello sobreviene una reducción de las posibilidades de goce. El sentimi