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Entre el silencio y la palabra discurre el tratamiento psicoanalítico, en un espacio propicio para desvelar el mito de una particular historia, cuyo narrador, ignora lo que de verdad hay en ella. Obligada re-lectura de textos inéditos encaminada a indagar por qué la palabra se trucó en placentero-engaño.
Este desvelamiento supone un cierto factor de violencia en el sentido que le otorga Piera Aulagnier como fuerza que organiza el campo del discurso. Fuerza necesaria en orden a movilizar la resistencia que opone toda organización de antemano establecida. Violencia al servicio de rescatar al Yo de la servidumbre frente al mito que lo atenaza. Es importante diferenciar esta modalidad de violencia como un impulso ligado a la vida, en la medida que se opone a la inercia o paralización frente al cambio, de la violencia destructiva, uno de cuyos parámetros, es la inmovilidad o pasividad con el fin de evitar modificaciones que permitan cuestionar aparentes verdades encubridoras de engaño.
Observamos desde el principio de la vida la presencia de una violencia específica al servicio de la construcción de un nuevo orden o nivel de crecimiento positivo, ejemplo de ello, en el plano de la biología es la división celular que a expensas de una cierta «ruptura» genera unidades de complejidad creciente cuyo exponente, en el plano evolutivo, es la estructura cerebral en el ser humano, merced a la cual se produce un salto cualitativo tanto a nivel de pérdida de lo instintivo como, y en consecuencia, de adquisición de grados de libertad.
Esta falla o ruptura en los parámetros biológicos lineales, es decir deterministas, conduce a esa inevitable fisura en el ser merced a la cual emerge la humanidad que se constituye en la palabra, la ley, la alteridad, en última instancia en la civilización.