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Comencemos recordando que, para Freud (, 183), las «mociones de deseo» constituyen el «núcleo del inconsciente». En La interpretación de los sueños se pregunta sobre «la naturaleza psíquica del desear» y establece el proceso del nacimiento del deseo en el ser humano (1900, 557-558):
El apremio de la vida asedia primero [al aparato psíquico] en la forma de las grandes necesidades corporales […] Sólo puede sobrevenir un cambio cuando, por algún camino (en el caso del niño por el cuidado ajeno), se hace la experiencia de la vivencia de satisfacción que cancela el estímulo interno. Un componente esencial de esta vivencia es la aparición de una cierta percepción (la nutrición en nuestro ejemplo) cuya imagen mnémica queda, de ahí en adelante, asociada a la huella que dejó en la memoria la excitación producida por la necesidad. La próxima vez que ésta sobrevenga, merced al enlace así establecido se suscitará una moción psíquica que querrá de nuevo investir la imagen mnémica de aquella percepción y producir otra vez la percepción misma, vale decir, en verdad, restablecer la situación de la satisfacción primera. Una moción de esa índole es lo que llamamos deseo; la reaparición de la percepción es el cumplimiento de deseo, y el camino más corto para éste es el que lleva desde la excitación producida por la necesidad hasta la investidura plena de la percepción. Nada nos impide suponer un estado primitivo del aparato psíquico en que este camino se transitaba realmente de esa manera, y por tanto el desear terminaba en un alucinar.
Es decir, el deseo es descrito por Freud como una moción psíquica asociada a la huella mnémica que deja la tensión resultante de una necesidad. La