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Diversos autores, entre otros J. Cosnier (1987), , y , resaltan tres momentos en la teoría freudiana sobre la sexualidad femenina. El primer momento se refiere a la homologación de la sexualidad del niño y de la niña; el segundo se incluye en la perspectiva de los años 1920 con la postulación del primado fálico, no genital, para ambos sexos; la presencia del Edipo invertido, el reconocimiento de la disimetría entre ambos sexos, efecto de la disímil relación entre el complejo de Edipo y el complejo de castración, siguiendo la línea básica del desarrollo de la sexualidad femenina donde Freud se centra en la envidia del pene como principal referente. Por último, el tercer momento corresponde al examen de la relación temprana de la niña con la madre, en los años treinta, y a su pasaje al padre, donde poco a poco Freud revela la importancia de la relación preedípica entre la niña y la madre, y su dificultad para cambiar de objeto a fin de dirigirse al padre.
Mi intención no es abarcar ni mucho menos explorar la feminidad, aunque a lo largo de este desarrollo aparezcan distintas facetas, en cuanto a lo recorrido en sus conceptualizaciones sobre la mujer en general y sobre las vicisitudes de la sexualidad femenina en particular.
Me voy a centrar en los aspectos de ese tercer momento, en el que Freud otorga fundamental importancia a este vínculo con la madre, sin que ello signifique dar menos relevancia a los demás. En los años treinta Freud retoma la cuestión en su trabajo Sobre la sexualidad femenina (1931) y en el marco de las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis dedica al tema la conferencia titulada «La feminidad» (1932).