You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
En la película Volver (2006), las mujeres de Almodóvar pasan las horas muertas arreglando las tumbas. Y con las flores que se van mustiando mueren también los cuerpos. Los espíritus, paulatinamente se evaporan, y son arrastrados por el viento, ese viento que desquicia a la gente y hace que la vida se vaya volando. ¡Qué trabajo nos manda el Señor!, reza la tonadilla que las mujeres corean afanadas en su tarea.
«La cultura manchega que yo recuerdo de mi pueblo es una cultura basada en la muerte. Muertos y vivos conviven sin estridencias. Los muertos no mueren nunca y sus deudos cuidan y visitan sus tumbas, como si fuesen realmente las casas en las que viven. Siempre he recordado esa falta de dramatismo en los rituales que se organizan alrededor de la muerte. Y es ahí donde he querido volver en mi madurez.» Comenta el autor que esa es la vuelta más importante de la película Volver.
Los hombres también velan a sus muertos. Ellos los entierran acompañando con un dolor sobrio, regado con aguardiente y tabaco. Aunque ellas, las mujeres, los lloran. Pero hablando de los hombres, se observa que están frecuentemente excluidos del horizonte cinematográfico de Almodóvar. Ayer fueron eliminados por elementos domésticos: una pata de jamón que golpea certeramente en la varonil nuca (Qué he hecho yo para merecer esto. 1984). Hoy, un frigorífico alberga al muerto después de perecer atravesado por un cuchillo de cocina (Volver). En este congelamiento de un duelo imposible, en este asesinato del padre hibernado, descansan los deseos y las culpas colectivas del espectador. Observamos un duelo femenino comunal en el que las mujeres arrastran a ese muerto refrigerado que encubre los deseos incestuosos entre padre e hija.