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El cuerpo es un objeto de reflexión inquietante para los seres humanos desde el inicio del pensamiento abstracto. De hecho, el problema fundamental de la filosofía analítica actual es el problema cuerpo-mente, que plantea tal complejidad que algunos autores (T. Nagel), por su gran dificultad, lo consideran inasequible a las capacidades intelectuales del ser humano. Según afirma Gabriel Marcel la relación entre mi cuerpo y yo, más que un problema, es un misterio. Tal vez por ello en el pensamiento filosófico se ha tendido desde siempre a considerarlo como algo objetivo y distinto de la propia conciencia, del núcleo de la subjetividad. Aristóteles compara la relación del alma con el cuerpo a la del nauta con su embarcación o la del amo con el esclavo, alcanzándose el extremo de esta forma de pensamiento con la radical separación cartesiana entre la res cogitans y la res extensa, disociación prevalente en el pensamiento occidental hasta el siglo XX, en el que en palabras de Ortega ocurre una «resurrección de la carne», en la que el cuerpo deja de ser un mero instrumento de la voluntad de su poseedor para paulatinamente ir siendo considerado como un aspecto integrante de nuestro propio ser, y basamento desde el que surgirá la emergencia del psiquismo. Denuncia Ortega en 1924 la falta de pulcritud intelectual del idealismo que ha pretendido ocultar el «innegable hecho de nuestra continuidad con la carne». Pero como veremos más adelante hay razones profundas para que esta negación haya ocurrido.
Ya en 1913 E. Husserl en las «Ideen…» plantea que solamente a través del cuerpo se puede adquirir una verdadera existencia en el tiempo y en el espacio, pero inmediatamente considera posible la existencia de una conciencia desprovista de corporeidad. Para Husserl el cuerpo tiene la doble adscripción de conformar el ser (es mundo circundante) y de pertenecerle, yo soy mi cuerpo y, a la vez, mi cuerpo lo siento como una posesión. Pero ha de ser sobre todo la fenomenología francesa, l