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En los últimos años, las consultas de los médicos, tanto generalistas como de determinadas especialidades, se ven frecuentadas por pacientes que presentan un curioso cuadro doloroso, muchas veces invalidante, a los que se diagnostica de fibromialgia. Lo singular de este padecimiento, reconocido por la Organización Mundial de la Salud como enfermedad en 1993, es que cursa sin que pueda demostrarse ningún tipo de alteración orgánica que justifique los síntomas, que, por otra parte, apenas se modifican con los tratamientos ensayados. La medicina tradicional se ha visto, hasta el momento, impotente para explicar su etiología o su patogenia.
El objetivo del presente trabajo es intentar una aproximación a la comprensión del cuadro, desde un punto de vista psicoanalítico.
La fibromialgia cada día afecta a un número mayor de seres humanos. Solamente en España, en el año 1999, se calculaba que 700.000 personas cumplían los criterios diagnósticos de fibromialgia.
Es un padecimiento cuyo síntoma capital y más constante es el dolor, un dolor crónico que afecta a las partes blandas del aparato musculoesquelético (músculos, aponeurosis y tendones) sin afectar a las articulaciones (ni siquiera se inflaman). Esta presencia constante del dolor llevó a la O.M.S., en la declaración de Copenhague de 1993, a definirla como una «condición dolorosa».