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Esta vez me toca ser el primero en hablar, a lo que no estoy habituado, pues en general prefiero intervenir en el calor de la discusión.
Antes que nada felicito y agradezco a los autores de las ponencias y a los discutidores de las mismas, que han presentado trabajos muy interesantes y abiertos, por lo que son un estímulo para reflexionar sobre un tema como éste, eminentemente teórico y clínico. Manuela ha mencionado el libro de Cristian David sobre El estado amoroso y da la coincidencia de que el fin de semana anterior estuve en San Sebastián y Margarita Amigo me pidió ese libro. Hoy al retirarlo de la biblioteca, lo abrí al azar y leí un párrafo que había subrayado, en el que, refiriéndose a las ambigüedades del amor de transferencia, dice que: «la relación transferencial es comercio con fantasmas, pero también aproximación y encuentro de seres desconocidos. La transferencia se acerca así a modos relacionales hasta entonces insospechados». Me sorprendió que, habiendo leído y subrayado algo tan interesante, no lo recordara, lo cual es una demostración de que nunca terminamos de leer un libro.
Me parece importante reconocer que el analista puede representar o aun encarnar figuras del pasado pero que, al mismo tiempo, es un ser desconocido. No es sólo presencia de ausentes sino también presencia de desconocido, difícil de definir. Hay una alteridad irreductible que hace que la transferencia no sea un puro imaginario o un delirio, aunque pueda llegar a serlo en algunos casos. Si esto es así, el analista no sólo es receptor de la transferencia, no se reduce a ser el personaje que encarna en la transferencia sino que también es productor de una transferencia que no es pura repetición del pasado.
Y en unos párrafos anteriores David decía que «el inconsciente no es un programa al que se obedecería automáticamente; el inconsciente es algo vivo, si fuera estrictamente repetitivo e improductivo no sería el inconsciente». Yo entiendo esto como que el inconsciente no es meramente