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Se preguntaba León Grinberg en uno de sus artículos más conocidos si la transferencia era temida por el psicoanalista y respondía afirmativamente sin ningún género de dudas. Citaba a éste respecto al propio Freud, que en una carta al pastor Pfister decía: «La transferencia es nuestra cruz».
Una de las conclusiones que se desprendían de la lectura del artículo, era que Freud había descubierto un fenómeno universal de gran potencia y que ofrecía una prometedora aplicación terapéutica pero que sólo con el paso del tiempo pudieron ser identificados ciertos elementos técnicos que permitieron un uso adecuado y controlable.
La historia del descubrimiento y aplicación de la transferencia no fue fácil pues desde el comienzo estuvo llena de sobresaltos. El propio Freud había sido testigo de cómo Breuer había sido envuelto por su turbulencia en el trabajo con Ana O. y cómo tuvo que poner distancia con la paciente yéndose a Venecia. Posteriormente recogerá testimonios de otros colegas, como Ferenczi, y Jung en este mismo sentido. El propio Freud reconoce alguna situación personal comprometida que resuelve con muchas dificultades. Tal vez por esto, el diván que utilizaba en su consulta de Viena tenía un auténtico tabique de separación en el cabecero.
Después de Los estudios sobre la histeria efectuado con Breuer, Freud se enfrenta personalmente a su fuerza en el caso Dora y se manifiesta entusiásticamente diciendo que: «…la transferencia, que parece el obstáculo más grande para el psicoanálisis, se convierte en su aliado más poderoso».
Así pues, el psicoanálisis descubre la fuerza indomeñable de la pulsión y pretende utilizarla para la curación de los pacientes como una herramienta médica poderosa aunque desconocida.