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Isabel comenzó su tratamiento en psicoanálisis hace siete años. La solicitud de consulta la hizo la madre de la paciente, quien a la primera cita acudió acompañada por sus padres y su novio.
Se trataba de una mujer próxima a la treintena, de aspecto agradable, estaba en su peso, y venía vestida de forma adecuada. Desde el primer momento me pidió, abrumada, que le dijera cómo podía calmar la angustia desbordante que padecía. El miedo a sufrir un ataque de pánico le obstaculizaba poder estar sola. El vértigo le impedía subir o bajar escaleras empinadas, como las del metro. Cuando se disponía a cruzar una calle esperaba a que alguien comenzara a caminar; entonces cruzaba a su lado para sentirse menos desprotegida.
Tenía una larga historia de miedos infantiles. El momento de referencia, el de angustia más intenso, lo situaba en la adolescencia cuando padeció una crisis de pánico al subir unas escaleras. A partir de entonces, la angustia se fue intensificando, el sentimiento de desamparo era permanente, limitándole todas sus actividades; incluso llegó a tener dificultades para permanecer sola en casa de sus padres con quienes residía.
Progresivamente, la clínica se hizo más severa y la angustia permanente, exacerbándose cuando tenía que realizar, sola pequeñas tareas como subir la escalera de su casa, salir a la calle o cruzar un paso de cebra sin compañía.
En su discurso, la paciente se expresaba con tono de indignación. Relataba que cuando no se sentía atendida, le invadía la ira. Decía: Yo me desvivo por mis familiares y amigos, es injusto que ellos no hagan lo mismo conmigo. En el relato existían elementos de confusión con los objetos externos. Eran notorias las defensas primitivas, especialmente la idealización, proyección, identificación proyectiva y la escisión.