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Resulta difícil —pero al final rendidor e inclusive necesario— para cualquier ser humano situarse respecto de quién fue su padre, trátese de una paternidad en sentido estricto, familiar, o de una paternidad simbólica. En el caso mío respecto de Enrique Pichon Rivière, a la relación analista-analizando se agregaba la relación maestro-discípulo, y después la de un amigo mayor muy talentoso y admirado por mí, con un amigo menor en vías de crecimiento. Éste es el marco, pasado y sin embargo muy presente para mí, de estas líneas. Es un trasfondo muy personal para un escrito que no quiere ser ni el relato de una historia individual mía, ni un panegírico a él.
Las formulaciones a las cuales llegó Pichon Rivière acerca del proceso analítico como «proceso en espiral» se ubican históricamente en forma aproximada entre los años 1954 y 1958, en cuanto a la evolución intelectual de su autor. Compartimos con el grupo de fundadores de la Asociación Psicoanalítica de Uruguay el período de gestación de estas ideas en Pichon Rivière, en el curso de muchas veladas «seminarias» en el pleno sentido del término. ¿Qué estudiábamos en esas veladas? Las cartas de Freud a Fliess, los últimos trabajos de Freud: Análisis terminable e interminable, Construcciones en el análisis, y también otros autores, por ejemplo Henry Ezriel (La situación analítica como situación experimental), sin olvidar ni a Melanie Klein, ni a Paula Heimann.
Pero Montevideo, la ciudad, tenía otro valor afectivo para él, además del valor encerrado en nosotros, los que éramos sus habitantes. Otro valor que se resume en el nombre de «Maldoror» —o «Lautréamont» o «Isidore Ducasse». Enrique Pichon Rivière compartía con nosotros el objetivo (¿en parte el mito?) de una institución psicoanalítica más libre, más creativa, más permeable al conocimiento de la locura, menos encerrada en ortodoxias conceptuales y en rivalidades de prestancias pequeñas que las instituciones conocidas. Maldoror, como lema, no estaba mal. Mal de auroras (