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Cuando Freud (1912) recomendó la adopción de un estado de atención flotante, quería decir que el analista debería abrirse a todo lo que surja, sin prejuicios de ningún tipo, y sin buscar sistemáticamente confirmación de ninguna hipótesis previa. Adoptando esta posición se ayudaría a sí mismo en lo que incluso ahora es el delicado y misterioso proceso de la acción terapéutica del psicoanálisis.
En su trabajo seminal de 1934, Strachey señaló que el resultado final de un tratamiento psicoanalítico es permitir a toda la organización mental del paciente, mantenida en un estado de desarrollo infantil, que continúe su progreso hacia un estado adulto normal. La principal alteración afectiva consiste, según Strachey, en una modificación cualitativa profunda del Superyó del paciente de la que se seguirían automáticamente la mayor parte de las otras alteraciones. Esta modificación del Superyó del paciente se provoca con una serie innumerable de pequeños pasos por medio de interpretaciones mutativas, efectuadas por el analista en virtud de su posición como objeto de los impulsos del Ello del paciente y como un Superyó auxiliar. Sin embargo, según Strachey (1934), el hecho de que la interpretación mutativa sea el factor operativo principal en la acción terapéutica del psicoanálisis no implica la exclusión de otros procedimientos (tales como la sugestión, reaseguramiento, abreacción, etc.) como elementos del tratamiento de un paciente concreto.
Desde entonces, varios autores, siguiendo ésta y otras muchas líneas, sugirieron modos con los que el analista podría acercarse más a lo que el paciente trata de comunicar, y así podría actuar más efectivamente para producir