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Dentro del amplio espectro que conlleva la noción de proceso psicoanalítico, quisiera referirme a esos primeros encuentros entre una persona que consulta y un analista… esa primera etapa, en la cual el desconocimiento, cierta incertidumbre y muchas incógnitas prevalecen.
La palabra proceso en su significado literal alude a cambio, a transformación, a la acción de ir hacia delante, al transcurrir de un determinado tiempo, es decir que algo o alguien se modificará, variará en un espacio temporal.
Cuando añadimos el término psicoanalítico para ponerle apellido al proceso, encontramos que el tema y las propuestas para su abordaje y comprensión son amplias y variadas, sin embargo ya se entienda dicho proceso como aquel que «sigue su curso natural» al decir de Meltzer (1967) o con «una dimensión aleatoria del sentido» según , ya pueda tener cinco fases o tres etapas, existe como en cualquier otro proceso un inicio, una forma de comenzar, que va a constituir y asentar las bases para que se instale en ese paciente, que viene con su sufrimiento particular y en muchas ocasiones con una total ignorancia sobre «la partida» que se va a jugar allí, un dispositivo analítico que le permita pensar de manera diferente.
También en el analista, esas primeras tomas de contacto con el consultante le harán plantearse hipótesis, dudas sobre la posible analizabilidad, y una prudente actitud de espera, que le permitirán captar el conflicto psíquico con paciencia y sutileza, a través de los recursos de su convicción psicoanalítica y contratransferencia, a ese desconocido y nuevo paciente.
Aunque la fuerza que toma el proceso, en la medida en que se instala la neurosis de transferencia, con todas sus vicisitudes, ocupa la mayor parte del tratamiento, creo que estas primeras acomodaciones, estos ajustes que se establecen en los primeros encuentros, pueden ayudarnos a entender el impacto y la idiosincrasia del fenómeno transferencial.