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El masoquismo, ligado siempre al sadismo, como dos caras de la misma moneda, lo encontramos entre las perversiones debido a su articulación con lo pregenital. Igualmente, es un concepto que hace referencia a la relación de objeto (libido objetal-libido del yo) y al narcisismo (en sus conexiones con la compulsión a la repetición, a la reacción terapéutica negativa y a la pulsión de muerte).
El término masoquismo lo utiliza por primera vez quien a partir de las obras del escritor austriaco Sacher-Masoch, lo emplea para designar una perversión sexual donde se padecen golpes, castigos, humillación física y moral y en la que el sujeto obtiene la satisfacción, ligada al sufrimiento.
En términos de René Roussillon: «Designaría un placer paradójico en un proceso que debiera más bien provocar displacer, es por ello por lo que sería perverso, invertiría una situación que, según la lógica del principio de placer, debería provocar displacer». Freud, tras descubrir esta modalidad del funcionamiento psíquico en la clínica, se preguntaba: ¿cómo el displacer puede ser una meta? ¿Cómo un exceso de excitación puede ir acompañado de placer? ¿Cómo una relajación puede ser displacentera?
El psicoanálisis se plantea una primera definición cuantitativa del placer y del principio de placer: el placer resulta de la disminución de la tensión, de la descarga de cantidades.
No obstante, las inevitables tensiones psíquicas producen displacer y todo el trabajo psíquico se basa en la capacidad de tolerar cierta tensión.
Así, el principio de placer debe transformarse en principio de realidad, o sea, la descarga debe ser moderada (retención de la descarga), con un umbral constante, para que pueda darse la investidura del yo y para que pueda darse la espera. Por tanto, será necesario que el displacer ligado a la conservación de cierta tensión sea transformado en cierto placer. Por eso nos planteamos que para que haya yo, debe haber en la base un cierto masoquismo, que consistiría en poder soportar ciert