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Intentar comprender el aparente sinsentido de los fenómenos de autoagresión del ser humano es una tarea compleja que no puede hacerse sino desde el estudio y la combinación de varios desarrollos de la teoría y de la práctica psicoanalítica.
En primer lugar hay que tomar en cuenta el papel que juegan las pulsiones de autoconservación y libidinales en todo movimiento auto y heteroagresivo. Si bien es cierto que por definición sus mociones tienden hacia la construcción, tanto del sí mismo como del vínculo objetal, es fácil caer en una lectura ingenua que asimile esto a una permanente dirección positiva, sin contradicciones, sin movimientos regresivos y sin daños colaterales. No hay avance alguno exento de un componente de potencia agresiva, propio de las pulsiones vitales, si pensamos en términos de la primera teoría pulsional, o producto de la mezcla de las pulsiones de vida con las de muerte, si tomamos en cuenta la última teoría.
Freud se planteó a lo largo de su obra el problema de la autoagresión y su vínculo con las pulsiones de vida que, recordemos, incluían para él tanto a las pulsiones de autoconservación como a las sexuales.
En «El problema económico del masoquismo» sostenía que «ni aun la autodestrucción de la persona puede producirse sin satisfacción libidinosa» y años después, en sus últimos escritos y hablando de aquellos casos en que la autoagresión y la resistencia a la curación no eran causadas por la acción superyoica y el consiguiente sentimiento de culpa inconsciente, postulaba una suerte de trastorno de la pulsión de autoconservación, que libera la acción de la pulsión de destrucción.
En ese sentido decía en Esquema del Psicoanálisis que estos enfermos «parecen no perseguir otra cosa que dañarse y destruirse a sí mismos.