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Comienzo mi reflexión comentando el caso de un muchacho de 28 años que acude a consulta alarmado por unas imágenes que se le imponen desde unos meses antes. Irrumpen en contra de su voluntad. Las reconoce como propias aunque absurdas y le producen una intensa angustia. Consisten en verse a sí mismo colgado del cuello por un alambre de espino. Inmediatamente se asocian con un recuerdo de infancia en el que ve a su madre admirando emocionada una imagen de Cristo durante una procesión de Semana Santa.
No pretendo presentar del caso mucho más. Simplemente comento que hay toda una serie de datos que apuntan a una estructuración de su psiquismo en una línea predominantemente neurótica. Habiendo presentado previamente un funcionamiento basal marcadamente fóbico, las imágenes obsesivas descritas (Ey, 1978) irrumpen cuando lo evitativo ya no sirve, cuando ya no puede seguir escapándose de sí mismo, de sus conflictos interiores.
En el curso de una cura tipo, tanto en el material como especialmente en la dinámica transfero-contratransferencial, con el tiempo se va desvelando que tras las imágenes y el recuerdo de infancia que las acompaña, se oculta la fantasía inconsciente de un tipo de relación predilecta con la madre, en la que una unión sadomasoquista en el sufrimiento encubre un amor prohibido al que no se quiere renunciar.
Selecciono esta viñeta porque se da una identificación con una imagen de Cristo. En nuestra cultura, lo miremos desde donde lo miremos, ello no puede dejar de remitirnos a cuestiones tales como si el padre es el padre o el hijo y si la madre puede o no ser virgen.