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Ella ha de ser encadenada. Pero ha de ser ella quien defina cuáles son sus cadenas.
La Pianista de Elfriede Jelinek tiene mucho de autobiográfico pero la relación entre la obra y su autora no es lo que ha retenido mi atención en este trabajo donde he preferido ceñirme al fluir de la prosa, a la letra cruda que construye la ficción literaria, al mundo cerrado de la novela que dejaré hablar como si de un material clínico o de un sueño se tratara.
He privilegiado la obra literaria frente a su adaptación a la gran pantalla realizada por Michael Haneke debido a los numerosos matices y precisiones que aporta el texto escrito frente a la imagen. Texto crudo, de metáforas descarnadas, de imágenes impactantes; texto bello que, como suele ocurrir con las obras de arte, dice a menudo más y otra cosa que lo que su autor mismo pretendía y nos ayuda a nosotros, lectores de toda clase, lectores psicoanalistas, en nuestra compresión del psiquismo humano. Freud en su día disfrutó con la elaboración de sus primeros trabajos de psicoanálisis aplicado. En ciertos momentos incluso (Freud 1932) apeló a la sensibilidad de los poetas para profundizar o ilustrar ciertos aspectos de su teoría.
Desde mi particular punto de vista, pocas páginas literarias son capaces como las de La pianista de evocar, hurgar y bucear de manera tan descarnada, cruda y osada en las carnes físicas y psíquicas trenzadas entre sí de una relación entre madre e hija donde amor y crueldad, goce y dolor, beso y golpe se tejen a la vez en una relación de dominio «incestual» (Racamier 1995) marcada por el sadomasoquismo, la omnipresencia de la violencia y la frialdad de las relaciones.