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Al intentar elaborar unas palabras de introducción al XVII Simposium de la APM sobre «Pulsión y objeto», me ha invadido cierta sensación de déjà vu frente a la vieja y manida discusión pulsión versus objeto, que habría sido el eje de apasionadas controversias en distintos momentos y entre distintos grupos psicoanalíticos.
Daniel Widlöcher, en su reciente conferencia sobre «Figuras y formas del objeto» nos hizo un vívido —y vivido— retrato de las controversias de los años treinta entre Anna Freud y Paula Heimann, como representante del grupo kleiniano, y entre Jean Bouvet y Jacques Lacan en la Sociedad de París, en los años cincuenta, ambas diatribas centradas principalmente alrededor del objeto, lo que indica la importancia central de este concepto y las posiciones encontradas entre distintos modelos de pensamiento psicoanalítico.
Objeto real, objeto interno, objeto bueno o malo, objeto parcial, objeto total, objeto contingente, objeto de la pulsión, objeto del deseo, objeto de la pasión…
Cuánta pasión, cuánta pulsión, podríamos tal vez decir, incluso en la visión a menudo un tanto simplificadora y desexualizada del objeto si no se contextualiza en su dimensión pulsional.
Retomo la definición de D. Widlöcher sobre pulsión y objeto en psicoanálisis: «Cuando hablamos de la pulsión en nuestra práctica de escucha psicoanalítica, dejamos el terreno de lo que satura la necesidad y seca la fuente de la pulsión a cambio de lo que se organiza en torno a la falta y a la presencia. Lo que la pulsión busca en el objeto-lugar es esta presencia que viene a coincidir con la figura faltante del deseo. La gratificación del deseo no se realiza a través de la simple descarga de energía, sino por el cumplimiento de aquello a lo que Freud se refería, desde 1900, en el concepto de identidad de percepción».
Este subsuelo pulsional, que conecta con lo alucinatorio, la identidad de percepción y lo desconocido informe, pondría en juego permanentemente