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Si el niño quisiera, podría volar ahora mismito al cielo. Pero por algo no se va. ¡Le gusta tanto echar la cabeza en el pecho de su madre y mirarla y mirarla sin descanso!
El niño sabe una infinidad de palabras maravillosas, aunque son tan pocos los que en este mundo entienden lo que él dice. Pero por algo no quiere hablar. Lo único que quiere es aprender las palabras de su madre. ¡Así pone ese aire tan inocente!
El niño tenía un montón de oro y perlas y se vino a esta vida como un pobrecito. Pero por algo vino así. ¡Pordioserillo desnudo, que se hace desvalido para poder robarle a su madre el tesoro de su afán!
El niño era bien libre en la tierra de la lunita nueva. Pero por algo regaló su libertad. ¡El sabe la alegría inmensa que cabe en el rinconcito del corazón de su madre, y cuánto más dulce que la libertad es ser cogido y apretado entre sus brazos queridos!
El niño vivía en el mundo de la dicha perfecta y no sabía llorar. Pero por algo eligió las lágrimas. Porque si con su sonrisa se ganaba el corazón ansioso de su madre, sus llantillos por cualquier penita le anudan con un doble lazo de misericordia y de amor.1
Resulta envidiable el carisma del cantor para acceder al conocimiento a través de la emoción. Su fruto es siempre fragante, pues sus palabras ofrecen una verdad amada, depurada además en el impagable (y doloroso) don de la belleza.
Al psicoanalista le está reservado un camino bien distinto, tejido de muchas horas de escucha (adentro y afuera), de lectura crítica de quienes le han precedido y de sus contemporáneos y de un monótono y oscuro tiempo de elaboración.
Confieso que el presente trabajo no es sino el intento de no desmerecer excesivamente como psicoanalista al sublime poeta bengalí, con el que comparto plenamente que el valor supremo para el ser humano recién llegado a la vida es la relación objetal que aporta significatividad a su existencia.