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La comunicación que nos presenta José María Erroteta me parece oportuna, interesante y llena de sentido.
Ante la propuesta pulsión-objeto, apoyándose en su experiencia clínica, se decanta por la importancia del objeto como destino de la pulsión: «Cuanto más contingente e indefinido se muestra el objeto de un ser humano […], más estoy asistiendo a las consecuencias de una catástrofe antigua», nos dice. Esto lo deduce «por las ruinas que testimonian la devastación».
Se muestra categórico cuando afirma que «la libido es búsqueda de objeto» y cree que sólo en el encuentro entre el objeto y «el potencial evolutivo de la fuerza vital primitiva, se dan las condiciones para que el recién nacido pueda comenzar a ser y a habitar (más allá de la gratificación) una verdadera experiencia humana». Magnífica propuesta que me parece un ideal al que debemos tender porque, a mi juicio, lo humano se caracteriza, en este momento evolutivo, más por lo deficitario, mejor o peor defendido, que por el éxito en la «adquisición de un self auténtico escondido pero consistente». El propio autor también afirma que somos enfermos, desde los comienzos, del desvalimiento extremo con el que nacemos.
Me parece muy interesante la idea de «una vida instintiva con dos raíces (¡no dos instintos!)». La raíz erótica que tiende a la gratificación con el objeto, y la raíz «agresiva» que tiende a la diferenciación entre el self y el objeto. Creo que está particularmente acertado cuando resalta el componente agresivo de la pulsión asociándolo, cuando el objeto no sucumbe al ataque, al sentimiento de estar realmente vivo. Esta propuesta de José María es coherente con el monismo pulsional que defiende; la exclusividad de la pulsión de vida, su pujanza o agotamiento. Es un planteamiento teórico con el que estoy plenamente de acuerdo.
La función limitante del objeto tiene su expresión como elemento que opone la suficiente resistencia para que el niño pueda vivir la experiencia de