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Agradezco a mi compañero su lectura minuciosa de mi ponencia y en la misma medida sus acuerdos y desacuerdos, que me permiten seguir pensando.
Quiero señalar de entrada que, cuando en un par de ocasiones se refiere a alguna de mis afirmaciones como «categórica», no es en absoluto mi deseo serlo. Propongo hipótesis de pensamiento y las defiendo no sólo intelectualmente, sino con vehemencia, pero sólo como aproximaciones a la verdad, no como la verdad lograda.
Estoy plenamente de acuerdo cuando dice que lo humano se caracteriza, en este momento evolutivo, más por lo deficitario mejor o peor defendido, que por el éxito en la adquisición de un self auténtico… Sin embargo, pienso que ello no debe ser óbice para pensar cómo pudiera lograrse el resultado deseable.
Sin duda alguna otorgo una gran importancia a lo pulsional. Tanta al menos como al objeto y al encuentro de ambos, del que surge (o no) el desarrollo humano. Creo que la pulsión crea y conquista (si puede) al objeto y que éste resulta modificado para siempre (si se deja) por aquélla. Pero a mi juicio, no es suficiente con el deseo de reparación por parte del sujeto de la pulsión: creo que el objeto debe estar presente para recoger el gesto reparatorio y que ese reconocimiento crea el lecho para la integración objetal y del propio yo.
Efectivamente pienso como mi compañero que sólo un objeto «suficientemente bueno» puede ser el adecuado receptor y modulador de la energía libidinal y si la función homeostática del objeto no se cumple o es muy deficitaria se desencadenará la temida compulsión a la repetición.
Respecto al efecto patógeno de la intrusión materna, que fuerza a ver la realidad prematuramente y su relación con la teoría de la seducción generalizada de Laplanche, pienso que la seducción es una más de las posibles huellas que el ello materno puede dejar en el hijo, pero no la única. En el trabajo he subrayado varias veces que junto al ello del niño debe estar el yo materno, como garantía de que la relación resu