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Mi propósito se limitará a la formulación de algunos apuntes que se refieren por un lado a la noción de objeto dentro del marco de la adicción: objetos de la adicción y objetos en la adicción; y por otro en mostrar que el acto en la adicción tiene un sentido. Para ello he escogido una viñeta clínica con el fin de evocar un aspecto muy puntual de un trabajo extenso que por otro lado, como todo trabajo analítico, sobrepasa ampliamente lo que voy a reflejar aquí: la relación entre adicción e incesto —o incestual— , y el cómo el paciente vive este descubrimiento, la adquisición de representaciones como un verdadero alivio.
Pablo anda por el ecuador de la vida, casado, padre de varios hijos. Le sobran unos cuarenta kilos. Lo come todo. Se atiborra de golosinas. Me cuenta la maravilla de la comida idealizada para él, la joya de la patata frita. Pablo también compra y compra, fundamentalmente juegos y películas. Se autodefine como un niño grande que dejó de jugar a las canicas con veinte años y sigue jugando horas por Internet, perdido, aislado, a punto de perder su pareja, pero disfrutando todavía de ver las películas infantiles porque sigue en la eternidad del país de nunca jamás.
Paciente adulto cuya problemática no difiere de la que encontramos en numerosos adolescentes que no logran resignificar adecuadamente sus conflictos edípicos infantiles, que atacan su cuerpo sexuado por no poder superar el dolor y el terror que supone la pubertad como pérdida de una infancia eterna y supuestamente paradisiaca. Paciente donde el cuerpo está en el primer plano, donde predominan regresiones, relaciones de objeto paradójicas (es decir dependencia de los objetos adictivos como sustitución de relaciones incestuosas, a la par que su temor y su rechazo). Pablo muestra también fragilidades narcisistas, angustias de derrumbamiento o de vaciamiento, compulsión,