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En la sociedad que vivimos nos encontramos que —cada vez más e incluso desde la política educativa gubernamental— se van borrando las diferencias de sexo y de generaciones, pilares que para el pensamiento psicoanalítico han sido y siguen siendo fundamentales para la estructuración psíquica del ser humano. En todos los foros en los que, en la actualidad, se dialoga sobre la clínica de niños y adolescentes surgen temas como: la transformación de los vínculos entre padres e hijos, familias desestructuradas, familias re-compuestas, ausencia de límites estructurantes, dominio del goce inmediato, fallos en la represión primaria, desaparición del periodo de latencia, actuación de la sexualidad sin límite o la sexualidad de las personalidades límite… Se podría decir que existe un predominio de lo infantil y se podría aplicar —como dice F. Guignard (2005)— la afirmación de la frase de Freud «el niño es un perverso polimorfo» al mundo de los adultos.
Ante todos estos cambios ¿cómo abordamos los psicoanalistas nuestra práctica clínica? ¿Cómo entendemos el funcionamiento de la sexualidad infantil que, para el psicoanálisis, es el que determina la estructuración de la vida psíquica y sostiene la organización de las relaciones del sujeto con los otros?
En 1892, Freud entendió que en los conflictos de sus pacientes neuróticos estaba presente la sexualidad, tanto en la práctica de su sexualidad «actual», como en la movilización de su sexualidad infantil (debida a efectos traumáticos de la seducción) que venía a parasitar su sexualidad y su vida psíquica adulta. En 1900, en La interpretación de los sueños, Freud siguió pensando que las manifestaciones de la sexualidad infantil eran propias de los neuróticos, y cinco años más tarde, en 1905 y en la primera edición de Tres ensayos de teoría sexual, él afirmó que la sexualidad infantil era un fenómeno universal, siendo el gran descubrimiento de Freud considerarla como fundamental para