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Nada creativo debería de ser excluido en bien de cualquier otra convicción.
Una vez más, los miembros del amplio universo psicoanalítico nos reunimos en un congreso bienal y compartimos lo que hemos aprendido desde nuestra última reunión, con el fin de cambiar impresiones acerca de nuestras experiencias y ver qué podemos descubrir entre todos. Es una tarea adecuada, pero también resulta adecuado preguntarnos cuán correctamente desarrollamos dicha tarea. Tras un siglo de tales reuniones, hemos de preguntarnos cuán correctamente aprendemos los unos de los otros, cuán correctamente hablamos y escuchamos. Quizá tengamos escasos motivos para enorgullecernos respecto de esta tarea colegial. Con demasiada frecuencia, al igual que los personajes de un cuadro de Edward Hopper, ocupamos el mismo espacio pero no nos conectamos.
Como clínicos, dedicamos nuestra vida a luchar por escuchar a nuestros pacientes a medida que éstos nos revelan su intimidad a regañadientes. Desde un punto de vista clínico aprendemos a escuchar cada vez mejor, pero el contraste con el modo en el que nos escuchamos los unos a los otros resulta chocante. La tarea asignada a este congreso es observar las pautas de nuestras convergencias y divergencias, y después, como manda nuestra costumbre introspectiva, también explorar y tratar de dominar aquellas fuerzas internas que interfieren con el desarrollo.