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Un simposio, si cumple con su finalidad, debe producir en los participantes una cierta modificación. Si la confrontación de ideas y experiencias ha sido fructífera, es de esperar que uno salga con una posición algo distinta —eventualmente más rica o profundizada— con relación a la que traía. El presente texto apunta a reflejar el impacto sobre los autores de las discusiones del XX Symposium de la Asociación Psicoanalítica Argentina, realizado en abril de 1980.
El conjunto de los trabajos allí presentados proporciona una idea de la enorme extensión del tema y de la dificultad de englobar en una estructura coherente la totalidad de los fenómenos llamados «perversos» por un uso idiomático excesivamente laxo.
Acostumbramos a hablar de fantasías perversas, de sueños perversos, de episodios perversos en la conducta relatada, de transferencia perversa en el análisis, de «campo perverso» inclusive, de microperversiones en las personas neuróticas o psicóticas, al lado de las perversiones estructuradas que moldean la actividad sexual de ciertas personas.
Todos estos fenómenos tienen algo en común, aunque no todos se refieran a una estructura perversa. La dificultad en ponernos de acuerdo acerca de lo que entendemos por perversión nos parece provenir de tres lados. Por una parte, el problema consiste en encontrar el nivel adecuado para ubicar nuestro objeto: la multiplicidad fenoménica de las manifestaciones perversas nos obliga a buscar, por debajo de ella o, si se quiere, dentro de ella, factores estructurales que le otorguen cierta unidad intrínseca. Por otra parte, nuestro concepto de perversión no puede coincidir exactamente con un criterio médico legal (el hecho de que ciertas legislaciones consideren la homosexualidad