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Cuando me invitaron a presentar una comunicación sobre identificaciones y perversiones desde un punto de vista esencialmente clínico, mi primer pensamiento fue que esta formulación me iba a permitir eludir las complejas cuestiones teóricas referentes a la definición de lo que es y no es perverso en la sexualidad humana. Mi placer con este pensamiento duró poco. Tan pronto como comencé a reflexionar sobre el material clínico del que disponía para llevar a buen término el proyecto, me di cuenta de lo artificial que resultaba distinguir de forma precisa entre un psicoanálisis teórico y un psicoanálisis clínico. Las viñetas clínicas no prueban nada. Sólo sirven para ilustrar conceptos teóricos. Por la misma razón, los descubrimientos teóricos son fruto de innumerables experiencias clínicas que nos han estimulado a reconocer callejones sin salida teóricos y a interrogarnos sobre nuestros conocimientos anteriores. Además existe el riesgo continuo de que nuestros conceptos teóricos predilectos influyan en nuestra técnica de tal modo que nuestros analizandos orienten su proceso analítico con el fin de confirmar las expectativas teóricas del analista. Por todas estas razones, me considero obligada a explicar, sea brevemente, lo que entiendo por el término «perversión».
Durante veinte años he intentado encontrar una definición satisfactoria, desde el punto de vista psicoanalítico, de lo que en los actos sexuales y en las relaciones de objeto sexuales podría ser considerado como síntoma. La homosexualidad, por ejemplo: ¿debe considerarse como un síntoma en todos los casos? O, en todos los casos, ¿como otra versión posible de la sexualidad masculina o femenina? Los analistas están sumamente divididos en sus opiniones sobre esta cuestión. Leavy (1985), Limentani (1977) e Isay (1985) por ejemplo, manifiestan ideas que difieren de las de Socarides (1968, 1978).