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La perversión es una de las defensas contra la angustia; la forma más eficaz de estabilizar esta defensa es conseguir un estatus perverso, es decir, una situación en la que lo «normal» en su doble sentido, tanto de habitual como de creador de norma, es lo perverso, entendiendo como tal lo recogido como segunda acepción en el Diccionario de la Real Academia Española: «Que corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas»; es decir, alcanzamos el estatus perverso cuando la perversión se disfraza de «ley». La «ley», en el estatus perverso, no es única para todos, sino que tiene distintas versiones, por eso es perversa. Si podemos definir lo perverso como la persistencia del mundo infantil en el adulto —especialmente la sexualidad, pero no sólo—, debemos entender que una de las características fundamentales de la mente infantil en riesgo es tener que soportar la «ley» paradójica; hay una norma estricta para el niño pero no la hay o es variable para el adulto. Los niños lo saben y quieren llegar a mayores para «ser como dioses». Si partimos de una situación infantil en la que se dan abusos repetidos, incluso de carácter sexual, podemos preguntarnos: ¿cómo se defiende el self de los ataques a la frágil estructura narcisista?, ¿cómo enfrentarse a esa paradójica aplicación de una «ley» que, en muchas ocasiones, se traduce en una situación de terror sufrida, a veces durante años, por el niño?, ¿en qué tipo de persona se habrá convertido ese niño cuando sea adulto y cuál será su influencia sobre los seres más débiles que le rodeen?, ¿cuál será el precio de haber soportado durante años un estatus perverso?
Si repasamos las conceptuaciones habituales de la perversión, podemos recordar que Krafft-Ebing la consideraba una patología de la sexualidad y