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Reflexionar sobre la perversión hoy, supone partir de la multiplicidad fenoménica de sus manifestaciones y de una amplia reflexión histórica que nos allana el camino al tiempo que nos lo complica. La perversión es el ejemplo más claro de la complejidad humana, de la complejidad del psiquismo del individuo. Pretender abarcar los posibles desarrollos va más allá de las posibilidades de las presentes consideraciones.
Quisiera subrayar, y son la razón de estas líneas, la presencia de lo perverso en el normal desarrollo y desempeño de la sexualidad del individuo, cómo representa una solución no exenta de creatividad a la presión de la pulsión constante y cómo en su manifestación, sea en funcionamiento perverso o en organización perversa, nos muestra el difícil trabajo de un recorrido entre el narcisismo y la alteridad.
Si a Karl Abraham, Freud le llamaba «optimista incorregible» no me importa colocarme a su lado, en la respetuosa distancia debida. Por eso quisiera en estas reflexiones plantear una perspectiva de la perversión a partir de su distinción de la homosexualidad, de su presencia, enriquecedora, en la vida sexual cotidiana del considerado no perverso y plantearla en la visión del psiquismo como un continuum que tan genialmente nos legó Freud, donde la acentuación exagerada y la deformación dolorosa, sea en un sentido o en el otro, constituyen la patología. Si perversión supone una norma, habrá que considerar la normalidad de la perversión en una paradoja donde la variación puede servir a la comunicación identitaria y sexual o enquistar en un mundo propio, a tortas con cualquier otro camino de acceder a la satisfacción y al goce. El perverso se encontraría perdido, detenido o huido en encrucijadas de un camino que ofrece obstáculos que no está dispuesto ni siquiera a tener en cuenta.