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«Yo no soy la que usted imagina». Esta frase no especifica la respuesta que da esta joven, hipócritamente recatada a las proposiciones que le hace un hombre honrado, sensible a sus encantos. No, es la inquietante extrañeza quien la profiere… suponiendo que esta pudiera hablar. De todas formas, podemos pensar que la frase se presta, de entrada, a ser inscrita en un universo de palabras. ¿No consagra Freud numerosas páginas desde el primer capítulo de su trabajo, a una aproximación lingüística del vocablo umheimlich citando términos que definen emociones próximas: pavor, miedo, angustia o espanto? Sensible a su ejemplo –aunque me expongo a introducir algo inútil, aunque lo que sigue demostrará que no es así– señalo que en la lista hay un vocablo que falta. Se trata de la palabra extraño,3 tomado del italiano hacia 1549. ¿Y, a menudo, no es precisamente lo que falta, algo lleno de enseñanzas? Llegado el caso, lo que es probable en éste, ya que el Diccionario de la lengua francesa de Paul Robert precisa que extraño fue empleado en un primer momento en femenino: «una extraña» y de forma cualitativa para designar a una persona o cosa singular. Lo femenino y la interrogación, los interrogantes que despierta, ¿tendrían algo que ver al respecto?
Freud lo afirma señalando: «con frecuencia se da el caso de hombres neuróticos que declaran que el sexo femenino (el órgano) es algo extrañamente inquietante». Pensando en esta idea me viene el recuerdo de un trastorno extremo vivido un día por un ginecólogo –es evidente que la profesión agrava la singularidad de la conmoción. Así pues, durante una relación íntima