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Recuperando la tradición de nuestro añorado José Luis López-Peñalver, haré una definición y puesta al día del término que abordamos monográficamente, a la vez que presento este número sin duda rico y esclarecedor, sobre una temática tan de actualidad como es la problemática borderline, cada vez más frecuente en nuestras consultas.
Comenzaré apuntando que estamos familiarizados con la aplicación del diagnóstico paciente límite, como un cajón de sastre donde todo cabe, dentro de cumplir la condición de ser más grave que la neurosis sin llegar al grado de perturbación de las psicosis. Da la impresión de que hacemos habitualmente una utilización vaga e imprecisa del término, si bien no merece este hecho un reproche excesivamente severo. La semiología no es nuestra obsesión. Sabemos como psicoanalistas, lo difícilmente que se deja aprehender una personalidad dentro de un rótulo determinado.
En este sentido se han incorporado a la nosología actual, numerosos cuadros buscando dar cabida a una psicopatología compleja, que desborda los estrechos márgenes de los grandes cuadros clásicos, psicosis, neurosis, perversiones o psicopatías, que aunque han existido desde siempre, son cada vez más frecuentes. Los trastornos severos de conducta, las adicciones, los funcionamientos operatorios, borderline y otras muchas manifestaciones, son y tememos que serán cada vez más, expresiones patológicas de una sociedad en cambio, con unas relaciones familiares y sociales afectivamente deficitarias, abigarradas, discontinuas y profundamente insatisfactorias. Nos encontramos con personas sobreexcitadas y sin límites para sus tensiones, a veces no bien representadas, siempre mal contenidas y desbordando un aparato psíquico insuficiente, que a veces ha conseguido establecer una rudimentaria estructura que nos hace recordar las organizaciones neuróticas o psicóticas clásicas; pero básicamente centradas en una huida de la vida mental a través de las descargas comportamentales.
La dificultad confesada