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En toda cura analítica, la idea de verdad (Wahreit) está siempre presente como telón de fondo. Desde siempre, verdad y psicoanálisis han trabado relaciones complejas. El psicoanalista la busca en cada sesión, pero nunca está seguro de haberla encontrado. O, entonces, cree volverla a encontrar en cada giro de su pensamiento teorizante confirmando esto.
En Freud, en el punto de partida de su obra, la noción de verdad estaba basada en una concepción en torno a los acontecimientos, pero se hace rápidamente objeto de una aproximación relativista desde su célebre formulación en torno a la seducción y su conclusión es, ya en 1897 (carta a Fliess del 21-09-1897): «Ya no creo en mi neurótica», y algunas líneas más abajo, «es imposible distinguir una de la otra, la verdad y la ficción investida de afecto». Lo que matizará más tarde, pues dirá: las teorías sexuales infantiles «se extravían de forma grotesca, aunque cada una de ellas contiene, sin embargo, un fragmento de pura verdad [Stück echter Warheit]…». A partir de aquí, para el analista, la verdad será la de la verdad psíquica, la de la realidad psíquica, la de la vida fantasmática, la que nos constituye en tanto que sujetos. El hombre no se inclina ante la realidad material y ante la verdad material sino por una cuestión de supervivencia. Todo para conservar mejor lo que más le interesa en el mundo, su verdad psíquica. Igualmente, reconoce la muerte de un ser querido, pero es para hacerlo más vivo en su recuerdo. Verdad psíquica y memoria son los dos instrumentos más potentes del psiquismo, son ellos los que le permiten hacer frente al mundo, a la muerte, al objeto. Su gran aliado es lo alucinatorio, sin lo cual estos dos instrumentos se revelerían completamente ineficaces.