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Desde sus primeras experiencias con pacientes histéricos, Freud se vio obligado a establecer una serie de procedimientos prácticos, que constituían una condición indispensable para que el trabajo analítico pudiera tener lugar. Esencialmente eran el uso del diván, cierta regularidad en la frecuencia de las sesiones y la organización de un espacio protegido. Posteriormente estos elementos técnicos junto a algunos otros que se fueron añadiendo adquirieron mayor consistencia y se constituyeron en instrumentos indispensables de lo que se terminó denominando técnica psicoanalítica clásica. Sin embargo, esta técnica psicoanalítica clásica entendida como un conjunto de reglas y medidas necesarias e indispensables para el desarrollo del trabajo analítico, no siempre fue tenida en cuenta, y no sólo por autores situados en los límites de la ortodoxia, como Reik o Alexander,1 sino incluso por algunos de los autores considerados clásicos por excelencia. Como botón de muestra baste pensar en la afirmación de Fenichel (1941) en su tratado de técnica psicoanalítica2 cuando dice: «Podemos y debemos ser siempre elásticos en la aplicación de las reglas técnicas. Todo es admisible a condición de que se sepa por qué se hace. Para poder hablar de que un trabajo es analítico no hay que tener en cuenta ciertas reglas técnicas sino el modo de abordar la resistencia y la transferencia» (Fenichel, 1941, p. 30).
El propio Freud, que posiblemente fue el menos clásico de todos los analistas, no organizó ni articuló en una obra las numerosas ideas que, sin embargo, desarrolló sobre la teoría de la técnica psicoanalítica en diferentes periodos de su vida. Freud (1913), en efecto, no abordó el tema del encuadre de manera específica pero sugirió una serie de medidas que incluían junto al