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Es demasiado idealista… y, por eso mismo, cruel.
¿Es la melancolía sólo un dolor, o también en lo más hondo, un placer? ¿Por qué atribuimos de un modo universal el adjetivo melancólico a una imagen de doliente nostalgia? Freud en 1917 dice que es un delirio de insignificancia, pues el enfermo sabe a quién perdió, pero no lo que perdió en él. ¿Cómo desenmascarar este sufrimiento, con el que sintonizamos de un modo particular, seducidos por la imaginación que se enfrenta a los conceptos hasta hacerlos inalcanzables, como los espejismos? La melancolía nos transporta al poder de la imagen en la que vemos lo que nos completa; en la que imaginamos encontrar al Narciso náufrago, apresado en el éxtasis jubiloso del enamorado. Es la fascinación que nos procura contemplarnos en una imagen en la que hallamos el amor incondicional perdido y eternamente añorado.
¿Cómo hacer hablar a lo que nos silencia y adormece al yo, perdido con imágenes que valen más que mil palabras? La palabra, para alcanzar su verdadero significado y significancia para el sujeto, tendrá que atravesar el desierto de las pérdidas y hacerse consciente de su servidumbre y comunicar también su fragilidad. Porque la fuerza de la psicosexualidad atada por el yo del sujeto está en poder ganar en identificaciones tras las pérdidas, en lograr representarse la ausencia del objeto y hacer con estas representaciones un relato con el que contar su propia historia. En el reconocimiento verbal de lo que el yo pierde queda implícita una nueva pérdida que se traduce en una representación. El duelo se hace cuando el yo se representa al objeto perdido en él. Aquello que desde fuera vemos como aparente carencia, los límites del yo que lo diferencian y la renuncia a la omnipotencia, por dentro es el motor que