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Milagros Oregui reflexiona sobre la melancolía con el método que Ortega y Gasset llamaba el «método de Jericó», un acercamiento en espiral en el que una y otra vez, desde posiciones distintas se insiste en las tesis centrales. Hace parte del recorrido de la mano de un paciente, lo que es un acierto. Aunque se corre el riesgo, en una visión más global, de que desde la individualidad y singularidad del caso se produzcan sesgos. En el esfuerzo de abstracción, parece Milagros elevarse tanto que entran ganas de agarrarla por los faldones y pedirle que baje. El efecto de tal abstracción es la impresión de que el término melancolía sería sustituible por narcisismo, fantasía y por algún término más, sin que nada se resintiera en el discurso.
Su estilo podría quizás calificarse de un tanto barroco y de saturación metafórica que si bien cumple con la función buscada de inspiración y sugerencia, que se agradece en un trabajo, se arriesga a la pérdida de matices y precisiones que pueden ser necesarias en nuestra pretendida tarea a la par de ciencia y arte.
Un trabajo así plantea, y ésa parece ser la intención de Milagros, importantes interrogantes, ideas, acuerdos y desacuerdos. Nos pone a trabajar. Así, pronto nos planteamos qué entiende por seducción melancólica, ¿es lo mismo que seducción narcisista?, ¿a qué llama escena melancólica?, ahí «melancólica», ¿es adjetivo o sustantivo? ¿Cómo entender la exigencia melancólica? La escena del padre clavando el cuchillo en el pan, ¿es melancólica? ¿Qué añade a la escena traumática?, ¿significación castradora? Los eslabones representacionales en la interpretación, ¿consisten en lograr convertir en representación lo que era una presencia alienante? ¿Hasta qué punto es posible? El desenmascaramiento del goce ¿es del incesto al que no se renuncia?, ¿qué puede sustituir ese goce? ¿Cómo puede reconocerse en la identificación patológica, alienadora una cuña de alteridad? ¿Cómo puede escapar el melancólico